Los defensores del veganismo nos encontramos con toda una gama de argumentos por parte de nuestros interlocutores. Uno de ellos está creciendo especialmente en los últimos años: va de carne feliz, huevos de gallinas libres, leche orgánica y otros cuentos de hadas.

En general, el argumento se presenta de las siguientes maneras:

Es verdad que la crueldad en algunos mataderos es horrible. Yo tampoco quiero participar en esas prácticas. Pero no toda la carne es igual. Hay animales que son tratados de manera humana y tienen una vida decente, sin maltratos. Hay vacas y ovejas que pastan en el campo todo el día tranquilamente hasta el día de su muerte. ¿Por qué no comer su carne? Hay gallinas que viven libres en un corral y no les hacemos ningún daño aprochando sus huevos. ¿Por qué no vamos a comerlos?

Observación táctica:

Hay dos tipos de personas que nos presentarán estos argumentos: aquellos que solo pretenden rebatir el veganismo y “salir del paso”, y aquellos que de manera genuina se preocupan por el bienestar animal y creen —con cierta inocencia— que comer carne “feliz” o huevos “camperos” es una práctica aceptable y compatible con su actitudel respeto hacia los animales.

Ante los primeros, es importante zanjar la cuestión y demostrar la invalidez de su argumento. Ante los segundos, que probablemente intentan consumir productos originados con menos crueldad, tenemos una gran oportunidad para mostrarles que la única práctica compatible con sus propios valores es el veganismo.

Respuesta:

Los productos de carne feliz, huevos de libertad, leche orgánica, etc. son cuentos de hadas. Productos de marketing. En la realidad, las diferencias son mínimas. Se trata de productos conseguidos con crueldad y violencia, fruto de un sufrimiento que apenas podemos concebir.

Carne feliz

El sector de la carne ecológica y sus derivados ha aumentado exponencialmente en los últimos 25 años y se ha meat_face_happy_400x400convertido en un negocio con jugosos márgenes de beneficio. Pero ¿qué es la carne ecológica? Según la regulación vigente en la mayoría de países occidentales, la carne ecológica implica que los animales degollados han sido alimentados principalmente con productos orgánicos, con un uso mínimo de pesticidas. Los animales pueden recibir suplementos vitamínicos (B12 por ejemplo), pero no hormonas de crecimiento ni antibióticos.

En EE UU, tras largos debates, se consiguió hace varios años que la definición de carne ecológica implicara que el ganado hubiera pastado al menos un tercio del tiempo. Los otros dos tercios del año, normalmente se quedan encerrados y reciben cereales y soja. Otra condición para este certificado es que los animales no reciban alimentos modificados genéticamente ni tampoco deshechos, excrementos y restos de otros animales que la industria suele aprovechar.

¿En qué se diferencia de la carne normal?

Principalmente en la comida que comen los animales y en la posibilidad de pastar un tercio de su vida.

¿En qué es igual que la carne normal?

En casi todo el resto, empezando por su nacimiento hasta llegar a su muerte.

Todos los animales son engendrados por los mismos procedimientos. Los criadores controlan los ciclos de reproducción. Tanto el ganadero de “animales felices” como los demás compran a sus animales en el mismo sitio.

En el caso de los terneros, suelen ser los hijos de las vacas lecheras que acaban de sufrir el trauma de verse separados de sus madres al cabo de unas pocas horas. ¿No este motivo suficiente para descartar rotundamente el infame atributo de “feliz” a su carne sin vida? Para engendrar a ese animal, su padre está recluído en una instalación donde se le extrae regularmente semen. Existen diversos procedimientos para ello, entre los cuales destaca la electroeyaculación. Su madre es inseminada artificialmente una vez al año, tan solo tres meses después de haber visto cómo le roban a su bebé.

En el caso de las gallinas para la industria del pollo, todas vienen de los mismos criaderos, donde se “producen” a diario millones de nuevos pollitos con unas características muy particulares que la industria ha logrado desarrollar. Todos esos pollitos son el fruto de una cuidadosa y maquiavélica selección genética. Todos crecen extremadamente rápido. Todos tienen el pecho desproporcionadamente grande (es al fin y al cabo la parte del pollo que más demanda tiene). Todos caminan con dificultad debido a su gran peso y sus pequeñas patas. Todos sufren el traumático proceso de corte de pico, realizado a gran velocidad con una aparato de metal ardiente. Todos, tanto los que van a ser denominados “carne feliz u orgánica” como los que no, nacen en el mismo sitio y sufren las mismas minusvalías.
En la industria ganadera, sea ecológica, tradicional o sofisticada, los animales no tienen libertad. No pueden ir a donde quieren ir. No pueden estar con quienes les apetezca. Son prisioneros.

La práctica del desyemado, según la cual se arrancan las yemas (los incipientes cuernos de un bovino) también se mantiene en las instalaciones que producen “carne feliz”. El grabado a fuego o los cortes en las orejas para facilitar la identificación están tan arraigados que a nadie se le ocurriría dejar de hacerlo para que los animales sean menos desgraciados. La práctica de castrar a los lechones recién nacidos, sin anestesia por supuesto, es rutinaria en toda la industria porcina. Romperles los dientes nada más nacer, con el fin de evitar enfrentamientos entre los lechones, también es una práctica a la cual no renuncian los fabricantes de “carne feliz”.

Leche orgánica

La leche orgánica, de modo similar a la carne orgánica, implica que la madre que da la leche ha comido alimentos en amamantando a un ternerosu mayor parte orgánicos y no ha recibido antibióticos. Salvo este aspecto de la alimentación, no existe diferencia alguna.

El hecho básico, el crimen esencial, que se esconde detrás de cada gota de leche animal permanece intacto. La leche es el alimento que las madres mamíferas producen para sus bebés recién nacidos. Para que un humano tenga un vaso de leche de vaca, hay que hacer desaparecer al destinatario original, al propietario legítimo de ese vaso de leche: el lactante.

La única leche de origen animal que puede ser denominada feliz es la que da una madre a su bebé, sea una humana, una orangután, una gata, una coneja o una vaca.

Huevos camperos

Los huevos camperos son huevos recogidos en instalaciones donde las gallinas disponen de un grado de libertad mayor que en las instalaciones normales. ¿Qué significa esto? Que no están hacinadas toda su vida en jaulas minúsculas donde no pueden estirar las alas.

Es cierto, las condiciones de las gallinas en este tipo de instalaciones suelen ser un poco menos terribles de lo habitual.gallinas libres1

Pero en casi todos los demás aspectos, apenas hay diferencia. Las gallinas viven una vida desgraciada desde que se programa su nacimiento hasta la fecha designada para su muerte.

Todas las gallinas ponedoras llegan a los corrales de las mismas empresas que proveen de pollitos recién salidos del cascarón a toda la industria. Camperos, ecológicos o industriales, todos llegan de los mismos criaderos. Al llegar a la instalación, se colocan las cajas llenas de pollitos en la cinta automática. En la primera estación de bienvenida, expertos sexadores los examinan rápidamente. Las hembras continuan en la cinta. Los machos son tirados afuera de la cinta. O a la basura, o a la trituradora.

A las hembras les cortan el pico. Esto se hace para que la agresividad no les haga herirse letalmente las unas a las otras. Esta práctica se realiza en toda la industria, incluída la de los huevos de libertad o huevos camperos. ¿Cómo es posible? En estas instalaciones tan consideradas, las gallinas ponedoras viven en condiciones sociales muy diferentes a su instinto natural. En vez de andar en pequeños grupos, las gallinas están constantemente rodeadas de cientos o miles de otras gallinas. Normalmente no tienen una zona de tierra donde poder restregarse y limpiarse, con lo cual, suelen quedar desplumadas al frotarse contra barras metálicas y objetos duros.

Genéticamente han sido seleccionadas y diseñadas para poner una cantidad de huevos muy superior a la que sería natural. Además, el dueño de la instalación impone unas condiciones externas artificiales muy determinadas con el fin de aumentar la productividad de las gallinas. La temperatura y la luz son cuidadas con sumo detalle. Y cuando ponen un huevo, las gallinas no pueden retenerlo y cuidarlo como desearían.

En general, toda la vida de una gallina en una instalación ecológica o campera, está llena de estrés, frustración y sufrimiento. No llegan a crecer junto a sus madres. Sus hermanos varones son triturados. Les cortan el pico. No tienen libertad para elegir a donde ir ni con quien estar. Su propia genética ha sido seleccionada. Y nunca serán madres.

Y cuando su productividad descienda, vendrá un trabajador y la meterá en un jaula, hacinada con otras cuantas gallinas. Cargará la jaula en un camión y llegará al mismo matadero donde degollan a las gallinas deshauciadas de otras instalaciones.

Es lo que un ganadero norteamericano denominó cínicamente una vez “el día no feliz de mis gallinas felices”.

Crueldad inherente

La crueldad es inherente a la industria ganadera. ¿Cómo se puede matar humanamente a quien quiere vivir? ¿Cómo se puede encerrar felizmente a quien quiere volar? ¿Cómo se puede esclavizar de manera justa y considerada?
Debemos abrir los ojos, pensar con espíritu crítico. No puede haber carne “feliz” porque ningún animal quiere morir. Cualquier industria basada en la muerte implica violencia, implica ejercer fuerza en contra de la voluntad de la víctima.

Ni siquiera los productores de huevos y leche evitan matar a sus vícitimas. Podrían explotarlas y aprovechar lo que quieren, ignorar su sufrimiento, pero dejarlas vivir y morir plácidamente. Pero no. La industria, incluso la más “humana” no está dispuesta a perder ni un solo céntimo. A la mínima que la productividad desciende, cuando la rentabilidad ya no es la ideal, deja de explotar al animal y lo envía al matadero para sacar un último beneficio de su cuerpo. Puntualicemos: la envían al matadero. Los animales explotados por sus huevos y su leche son todas hembras.

¿Cómo podemos hablar de una industria humana y no cruel si ni siquiera perdona la vida a sus esclavas después de haberles quitado lo mejor de sí mismas?

Al final, todos los animales de la industria ganadera terminan en el mismo matadero. No hay certificados sanitarios y legales para mataderos ecológicos o “felices”. No hay mataderos “felices”. Tanto si la vaca es desgraciada como si le han hecho masajes toda su vida, todas terminan gritando y temblando ante el horror de los charcos de sangre del matadero.

Dice Gary Yourofsky:

“Si conozco a una chica en un bar, la invito a tomar unas copas, le compro flores, charlamos, nos lo pasamos bien, bailamos, le digo cosas bonitas, y luego le pongo una pastilla de droga en su bebida y la violo, ¿está eso bien? No, porque aunque ella no sienta nada y no sufra, violar está mal. De la misma manera, asesinar está mal”.

Pero no solo asesinar está mal. Encarcelar, esclavizar y explotar son igualmente crímenes que la humanidad comete diariamente contra millones de animales.

No es el cómo sino el qué.

¿Y el dragón de los tres ojos?

No existe tampoco. Igual que no hay carne feliz ni tortilla de huevos de gallinas libres.

El problema no es el maltrato o buen trato sino la propia cosificación de los individuos. La raíz del problema no está en cómo tratamos a los demás animales sino en cómo vemos y definimos nuestra relación con ellos. Ésta es la cuestión. No tenemos derecho a explotar a otros animales para nuestro beneficio privándoles de su libertad, de su dignidad y de su vida. No tenemos derecho a aprovecharnos de ellos y adueñarnos de su vida como si fuéramos dioses.

De hecho, más que como dioses, nos comportamos como demonios.

Y a ti, querido interlocutor, te pregunto: ¿Todavía crees que existe carne, pescado, huevos o leche exentos de sufrimiento y crueldad? ¿Todavía crees que está bien comer carne de un animal que ha sufrido un poco menos? ¿No crees que el veganismo te permite ser mucho más coherente con lo que realmente piensas?

5 comentarios

  • BobVegan

    Magnífica entrada. La comparto y difundo. Mi mujer y yo somos veganos desde hace cuatro años. Es la decisión mas importarte de nuestras vidas. Muchas gracias.

  • Ariana

    Muy claro y necesario su artículo. Muchas gracias. He compartido vía twitter a varios fragmentos (citando la fuente). Mi única observación a considerar sería la de no usar el término vaca “lechera”, ya que tal no existe, como no existe una humana lechera. Un abrazo.

  • Rocio

    Hay una duda que tengo sobre el veganiamo, si la amas gallinas están libres y sueltas en un huerto, y utilizas sus huecos… que opina el veganismo de eso?

    No se, yo estoy reduciendo consumo de carne, con vistas a ser vegetariana…. y a dejar de tomar leche ? , pero con respecto a los huevos y la leche creo que hay casos en pequeñas hurtas, donde no solo no es una explotación del animal, sino que al contrario les ayuda… por ejemplo una amiga tiene una cabra en un huerto que ha tenido chotos, y le tenían que sacar la leche porqué sino le reventaban las ubres.

    Me gustaría tener la opinión de personas veganas en casos así….

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