Cada mañana, cuando me despierto, lo primero que escucho son gallinas chillando. Cientos de ellas, encerradas en jaulas minúsculas en un inmenso gallinero que apesta a excremento y amoníaco.

Cada mañana, desde que me mudé a una nueva casa, en un pueblo vecino donde aún quedan varios gallineros, recuerdo el horror que sienten tantas criaturas inocentes e indefensas.

Cada mañana, cuando me da pereza salir de la cama, escucho la angustia que sale de esas jaulas y me levanto con el objetivo —con la necesidad— de hacer algo, por muy pequeño que sea, para ver cuanto antes el final de este infierno en el que hemos convertido nuestro hermoso planeta para la mayoría de sus habitantes.

Ninguna gallina, ningún humano, ningún pez, ningún insecto, ningún animal merece nacer y malvivir entre rejas para satisfacer los caprichos de alguien. Y sí, un huevo frito es un capricho, e implica mucho dolor. Un dolor interminable e injustificable.

Nadie se ha muerto por no comer huevos. Más bien lo contrario…

Y nunca es tarde para abrazar la libertad: nuestra libertad de elegir y la libertad de quienes la han perdido a causa de nuestra indiferencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.