Acabo de volver de dar clase. Soy profesor de castellano desde hace casi 10 años. Y reconozco que suelo repetirme en muchas cosas. Los ejemplos, las explicaciones, los paralelismos, los chistes. Pero hoy de repente, cuando iba a explicar por milésima vez los posesivos, me paré. En voz alta, compartí mi duda con la clase, miré la pizarra y borré lo que había escrito:

GATO
GATA
GATOS
GATAS

No, de repente me sentí incapaz de empezar a enseñar los posesivos dando los mismos ejemplos que había usado tantísimas veces:

Mi gato, mi gata, mis gatos, mis gatas…
Tu gato, tu gata, etc.

El gato no es mío, ni tuyo ni de nadie. Es de sí mismo. Su vida le pertenece y nadie tiene derecho a hacer con ella lo que le dé la gana. Es cierto con respecto a un gato, y a cualquier animal, sea una vaca, un atún, una gallina, o una rata.

Borré las cuatro palabras que había escrito en la pizarra.

Puedo parecer un poco quisquilloso, pero es que tengo motivos para estar sensible. Compréndeme.

Hace más de dos años que me pasé al veganismo. Ocurrió de repente, una noche, mirando la famosa conferencia de Gary Yourofsky, mientras mi pareja empezaba con las primeras contracciones antes del parto. Tras unos primeros meses de “iluminación vegana”, se me calmó un poco la euforia, seguí con mi vida y dejé de incordiar a mis amigos y familiares.

Pero hace dos meses decidí hacer un cambio en mi vida, a nivel profesional. He sido músico muchos años pero no conseguía dar lo mejor de mí mismo. Necesitaba un cambio. Y el cambio era empezar a escribir, hablar, compartir ideas, luchar por dejar un mundo mejor del que me encontré. Mejorar yo mismo, mejorar el mundo. Intentarlo.

Tenía claro que iba a escribir un libro, y ese libro llevaba título desde hacía ya dos años: La Revolución Vegana. Así que empecé a escribir, a reflexionar, pero sobre todo empecé a leer, a ver vídeos, documentales de todo tipo, artículos, informes, estadísticas. Empecé a entender lo profundas que son las raíces del problema.

Nos han educado bajo la premisa de que tenemos privilegios con respecto a los otros seres vivos. Que tenemos derecho a hacer con ellos lo que nos convenga. Que los demás animales no cuentan, y se les puede hacer daño si hace falta. Que no son seres vivos y con sentimientos realmente, sólo son “máquinas” como diría Descartes. Máquinas para hacer huevos, leche, carne, pescado, miel, piel, lana. Para dar mimos, para guiar a un ciego, para divertir a un público, para satisfacer la curiosidad de un científico… Solo máquinas, que se mueven por instinto y que no saben, pobrecitas, lo que es bueno para ellas.

Nos han criado a imagen y semejanza de un señor feudal que explota a todos los que están bajo su dominio, basándose en derechos divinos, en vez de educarnos a imagen del verdadero origen de la Vida y el Bien, ese Dios del que tanto se habla, y que seguro ama a todas sus criaturas con el mismo amor.

veganismo y los animales

Por eso es que estoy sensible. Por eso y porque hace unos días una alumna me contó que iba a esterilizar a su gata y cuando le sugerí que quizá su gata también tenía derecho a sentir lo que es ser madre, me miró asombrada y respondió:

“Pero los animales solo tienen instintos…”

Un día después leí que en Rusia una gata había salvado del frío a un bebé abandonado por su propia madre. Instintos… ¿Con qué derecho nos creemos tan superiores a los otros animales?

Y ahora me acuerdo también de los gatos que fueron “míos” una vez, a los que quería tanto y que ya no están a mi lado. Por eso también, seguramente, estuve especialmente sensible hoy en clase.

Así que respiré hondo, pensé medio segundo y empecé a escribir en la pizarra:

mi tu su nuestro LIBRO
mi tu su nuestra CANCIÓN
mis tus sus nuestros LIBROS
mis tus sus nuestras CANCIONES

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