comida feliz¿Has notado cómo cuando comes en un sitio donde te reciben con una amplia sonrisa, donde los que preparan la comida están contentos, todo está mucho más bueno que cuando te cocinan y te sirven un plato con cara de pocos amigos?

Desde hace siglos se sabe en diferentes culturas que el estado de ánimo de una madre que amamanta influye enormemente en las cualidades de la leche con la que alimenta a su bebé.

Lo conocemos todos. Cuando comes algo que alguien ha cocinado y preguntas qué le ha puesto, una de las respuestas suele incluir “…y mucho amor”. Pero no es solo que esté más sabroso.

Parece casi evidente, aún sin tener pruebas científicas visibles de ello, que un alimento preparado con cariño, con una sonrisa, con tranquilidad, es más beneficioso para nosotros que un plato hecho rápidamente entre quejas amargas y sin ganas. Es como si la energía que rodea al alimento se pegara a él, como un condimento. ¿Prepararías tu almuerzo en un lugar con olor a podrido? ¿O en un sitio donde dos personas se están matando a gritos? De la misma manera, cuando hay buenas o malas vibraciones, éstas se integran de manera natural en la comida y entran en nuestro organismo.

Comer infelicidad

Si aceptamos que la energía del entorno influye y se merge con la comida que ingerimos, ¿qué pasa con el origen mismo de esos alimentos? ¿Cómo nos afecta meter en nuestro cuerpo las carnes y las secreciones de animales que han sido miserables y desgraciados toda su vida?

comer infelicidadSe sabe que hay muchas toxinas en los productos de origen animal, y gran parte de ellas se debe a las terribles condiciones de vida a las que son sometidos los animales. Son principalmente hormonas y secreciones que los cuerpos producen como reacción a unas determinadas condiciones. Todas estas toxinas las ingerimos sin hacernos demasiadas preguntas. Aunque parezca increíble, la sociedad ya se ha acostumbrado, y solo epidemias ocasionales como “las vacas locas” o el SARS promueven el debate, rápidamente acallado por las industrias de la carne y láctea.

Pero las toxinas conocidas son solo el síntoma. Los científicos quizás aún no lo puedan demostrar, pero el sufrimiento que causamos a todos los animales que luego comemos, pasa a nosotros. El mismo tormento que viven millones de animales en todo el mundo se perpetua en los humanos que consumen su carne, su leche o sus huevos. Es el mismo principio básico de la física: la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

Conocemos las toxinas químicas que abundan en las carnes y secreciones de los animales que explotamos. Pero sabemos poco sobre las toxinas metafísicas que las acompañan. Comer infelicidad y sufrimiento es probablemente más perjudicial para nosotros que cualquier otra sustancia nociva que conozcamos.

Las vibraciones del sufrimiento

Así, los sentimientos, que son una forma profunda de energía, no mueren cuando el corazón de un cerdo deja de palpitar. Su corazón –curiosamente parecido al humano– se para, pero la energía que lo envolvía, energía de sufrimiento, de desgracia, de desesperación y de horror, permanecen latentes (quizás las toxinas antes mencionadas sean solo la punta del iceberg) en su cuerpo, y prosiguen, como una bomba de relojería hasta el cuerpo del humano que lo come, donde un nuevo corazón palpitante reactiva la energía.

Bebé infelizNo puede ser de otra manera. Si existe cierto equilibrio en el universo, es imposible que el tormento al que son sometidos millones de animales quede impune. Ya no es solo la carne. La leche que es robada de una madre separada de su bebé está para siempre marcada por la desgracia, la frustración y el sufrimiento. Y al introducir en nuestros cuerpos productos que contienen leche robada, maldita, nos estamos contaminando del mismo pesar que hemos causado a esas madres y a esos bebés.

Volvamos a aquella situación donde entras a un sitio para comer y todos sonríen, parecen contentos, suena música bonita y el lugar está impecablemente limpio… Te sirven un plato con un filete o unas albóndigas. Míralo. La carne tiene flashbacks. Más allá de las sonrisas del camarero en el restaurante, la comida proviene de un lugar oscuro lleno de dolor, desesperación, gemidos, lágrimas y sangre. Y estás a punto de comer toda esa energía, toda esa historia, en cada tenedor que te metas en la boca.

No te intoxiques con infelicidad, sé feliz.

Sé vegano.

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