En líneas generales, estamos de acuerdo: el veganismo implica luchar contra el especismo.

Declararse antiespecista significa considerar igualmente los intereses y los problemas de cualquier individuo sin importar su especie; ser capaz de identificarse, de empatizar con otro animal, sea cual sea su ADN; rechazar la explotación deliberada de cualquier otro individuo y también asumir la responsabilidad de asistirle con generosidad como si de un familiar se tratara.

Reconozcámoslo: es una aspiración admirable y bastante asombrosa. Quizás los humanos seamos los únicos en padre-bonobotenerla. No sabemos realmente lo que piensan y sienten todos los demás animales.

Al mismo tiempo, los veganos, los antiespecistas, solemos tener una desoladora visión de nuestra propia especie, bordando la desesperación y la misantropía. Al fin y al cabo, los humanos avasallamos y destruimos prácticamente toda forma de vida, animal o vegetal, que se nos cruza en el camino. Si sirve a nuestros intereses la domésticamos. Si no, como diría Speedy Gonzalez, “prepare to die”, prepárate para morir.

Por un lado nos detestamos; por el otro aspiramos a ser el animal más zen y heroico del mundo.

¿No es extraño?

En nuestra esperanza por un mundo vegano —realmente deberíamos decir una humanidad vegana—, afirmamos nuestra fe en la humanidad. Como activistas por los derechos de los animales, creemos que el ser humano, a pesar de toda la destrucción que crea a su alrededor, es capaz de cambiar, de revelar su lado más sensible y generoso y de preocuparse de todos y cada uno de sus hermanos animales.

Ser vegano y creer en un futuro vegano significa que, a pesar del inevitable pesimismo que nos invade al pensar en el holocausto animal, tenemos fe en el ser humano.

Es el verdadero mensaje subyacente que estamos transmitiendo a nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, los carnistas más troles, los taurinos, los ganaderos, a todos: creemos que eres capaz de cambiar, creemos en ti.

Quizás los veganos seamos los mayores humanistas de la historia, llevando este concepto hasta límites nunca antes explorados.

Quizás no sea casualidad que un alto porcentaje de activistas veganos sean o hayan sido activos en otros movimientos de cambio social.

Ser vegano es un ejercicio de optimismo —casi— imposible. Ser vegano es un acto de apego a la vida en una realidad impregnada de sangre, sufrimiento e injusticia.

Y quizás, ser vegano, sea la verdadera vocación del ser humano.

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PD. ¿Te has dado cuenta de cuántas veces aparece la palabra quizás en este artículo? Ah… ¡La duda! Ese rasgo tan humano… 🙂

1 comentario

  • Elías

    Me parece que cada cual puede hacer de su vida un sayo. Me parece que olvidar que el ser humno es omnívoro por naturaleza es jugar de mala manera. Una cosa es que la industria alimenticia busque réditos de cualquier manera y otra es eliminar la alimentación de origen animal por respeto a ‘nuestros hermanos animales’, pero puestos así ¿Qué pasa con nuestros ‘primos vegetales’? No olvidemos que todo ser viviente procede de un origen único y, por economía vital, los seres vivos superiores necesitan alimentarse de otros seres vivos, salvo la mayoría de los vegetales, aunque no todos. Esa es una ley inherente a la vida. Que este movimiento ideológico, no dietético, hoy esté poniéndose de moda puede traer consecuencias graves, sobre todo en niños que no pueden elegir, ya en adultos allá ellos. Es curioso que los hombres tengan colmillos y caninos para sólo comer verduras…

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